La Octava F.C.


El Hambre de Manuel Mujica Láinez by La Octava
abril 11, 2007, 1:41 am
Filed under: Literatura

Del libro “Misteriosa Buenos Aires”

1536

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apos­tados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casuchas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.

Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.

Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.

El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las Dorias del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.

¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire?

¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y par­tirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.

Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cá­maras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?

El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.

El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…

Toma su ancho cuchillo de caza y sale tamba­ leándose.

Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…

Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos Quinto; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.

Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos, han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.

A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nave hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…

Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.

El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.

Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, l os aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.

Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…

No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorra­ lado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin!. La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae en­ cima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campa­mento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguzan el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

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45 comentarios so far
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maliismiimooo

Comentario por ceeli

AGUANTE CENTRO Y AILEN T AMO

Comentario por pancho

está manso, me dieron unas ganas de comer un churrasco!!!!!

Comentario por pablo y romi filosofia y letras

la verdad me produce insertidumbre.. aunque no colma mis expectativas quisas produce en mi lo q mujica qeria :P
buenaaaaaa

Comentario por johy

chupenla todos juntos!pero no la muerdan,no se entusiasmen con lo leido!

Comentario por Anónimo

el fragmento esta re copado1!! muy interesante.. me atrapo, aunq a veces daba un poco de vueltas..
felicitaciones a mujica

Comentario por julia

si no trajiste putas, andate a la mierda

Comentario por elcho

coman de esta si tinen hambre q se van a llenar

Comentario por franco

ahh para entender este cuento hay que leerlo ne profundidad..
ami me encanto…
y estudiarlo es mejor todavia..
la verdad.. muy muy bueno..

Comentario por fu

ESTUDIATE ESTA NEGRA PUTA JAJAJAJAJAJAJAJA

Comentario por tecoje

comela mujica del orto

Comentario por claaaaaaarooo

es una verga, me lo dieron para el colegio ¬¬

Comentario por male

necesitario un buen resumen de este cuento

Comentario por vanina

est libro es ina verga
pro m lo dieron en la escuela
tngo qe estudiarlo!!! si manuel mujica tenia hambre por qe no les chupaba las conchas a sus putas!

Comentario por dash

a mi no meeeeeee va este cuento es unaa verga metance el libro por la concha la re putamadre y todos lo flogger chupa pija trolooooooooosss
xq q no se meten un consolador en el ortooooo
“”””malisimoooooo””””

Comentario por fedeeeeeeeeeeee

nicoooooooo se la comeeeeeeeeeeee es un floggerrrrrrrrrrrrrrrrrrr trolo

Comentario por fedeeeeeeeeeeee

fede te la r mandaste puta ….
chupa verga……
kjsaksjakjska…..

Comentario por niko

fede trolitaaaaaaaaa
putita kme verga
kjskasj nah mentira
ta rr feo el cuentito metetelo…..
n el bolsello.
kjskas

Comentario por niko

chupalaaaaaaa trolooo si tenes hambree veni a tomar la lecheee con churrossssssssss
jajjajajajjajajajajjaja

besito

Comentario por fedeeeeeeeeeeee

nicoo trolazo tragasableeeeeeeeeeeeeeeee

Comentario por fedeeeeeeeeeeee

kjsakjskajs

Comentario por niko

FEDE TRAJA VELAAAAAAAA!!!!!!!!

Comentario por niko

xq no me la chupassssss un buen ratoooooooooo y cuando saltaaaaaaaa t salpicoooooo el ojooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo jejejejeje

Comentario por fedeeeeeeeeeeee

t e voi a matar mañana…..
kajskas
na mentira

Comentario por niko

ai te firme sho

Comentario por niko

putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
pajerooooooooo

Comentario por niko

chupame la vergaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!

Comentario por niko

PUTOOOOOO

Comentario por niko

naaaaaa.. tengo q leer toodo eso para rendir la materia… q garrooooooooooooooooooon!!

Comentario por anto

tirame la goma peladooo

Comentario por gato

tengo wque leer esta poronga tambien para rendir jajaj

la puta madre

Comentario por pol

che carajo esta bueno.!
re bien expresado el sentimiento del baitos al
final

Comentario por pol

al que dijo que tenia que rendir la materia pero por favor yo tube que rendir todo el libro de Misterios Buenos Aires…!!! eso es nada en comparacion!!!

Comentario por Baitosas

HOLAA…. ME PIDIERON LAS PARTES REALES Y VEROSIMILES DEL CUENTO, AVER SI ME DAN UNA AYUDITA POR FAVORRRR GRACIASSSS

Comentario por ermelinda XD jaja

la verdad no entendi NADA
y necesito hacer tareas sobre eso para la escuela
me qiero re matarrrrrrrrrrrrr

Comentario por Juli

estubo muy bunoe el couento es mu entretenido y sangiento de gurra de hambre de no poder comer nunca el jefe es hijo de puta
me gusto mucho muy bueno y felicitacianes al escritor

Comentario por max

bueno en la foto el chico :P de rulitos es hermoso

jajjajajjajajajaj mentira el libro es una porqueria y peor el autor me hizo un hijo

na mentira rsta muy bueno el libro lo recomiendo0 para que cuando quieran morir nada mas lo leeen

ok

firma

laz

kakwathe

Comentario por mariam

lo que comentamos es mentira el libro esta muy bueno lo RERCOMIENDO :(:(:(:(:(:(:(:(disculpen era una apuesta mala

:((:(:(:(:(:(:(:(:(:(:(.

Comentario por mariam

LA REPUTISIMA MADRE RESUMEN KARAJOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Comentario por Anónimo

RESUMEEEEENªª!”!”$w%·$%/&(&%◙B3½3¾¶§█╣01€ÞÞÈ┐

Comentario por asfaf

mierdaaa! pedi el resumen no el cuento!

Comentario por karolina

chupenla mangas de muertos de hambre

Comentario por Anónimo

queria el resumen
buenoo

vayansen ala re mierda todos los q firmaron
putoss de el ortooooooooooooo
manga de giles y gilas

chauuu opas

Comentario por mik

AGUNTE EL SANTO CARAJO …!!!! JUVENTUD ANTONIANA DE SALTA EL MAS GRANDE DEL NORTE ARGENTINO !!!!!!!! SANTA VICTORIA EL PASAJE ALBERRO PRESENTE

Comentario por SANTA VICTORIA SALTA CAPITAL EL ALBERRO

vamos las putasss

Comentario por edgardooo




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