La Octava F.C.


Una calurosa noche de verano by La Octava
febrero 25, 2007, 10:41 pm
Filed under: Historias

 CAPITULO I: “De cómo empezó esta gran historia”

 El viernes 23 estaba yo dispuesto a encontrarme con dos amigos, que los llamaremos señor T y señor A. Resulta que iban a venir a mi casa para probar las maravillas de la naturaleza, algo procesadas pero no importaba. Pero surgió un inconveniente, ya que mi casa no iba a estar sóla como yo pensaba. Frustrado, agarré lo poco que tenía y empecé a picar suavemente aquello que la naturaleza tanto había germinado. Cuando hube terminado, agarré dos papeles de corte pequeño (los llamaremos “sedas”) y con un gran ingenio armé dos buenos canutos, para propiciar una gran fiesta. El reloj marcó las 00:20 y me fui directo a mi cometido. Cautelosamente salí de mi casa tratando de no ser visto, pues los vecinos, en su mayoría pertenecientes a las fuerzas armadas, no eran de fiar. Fui silenciosamente hacia las escaleras de un tal 5to piso y ahí agarré mi encendedor. Oh sorpresa, cuando visualice la carga de dicho objeto. Estaba completamente vacío. Ahí, con la desesperación del momento y viendo que mis planes se iban a fraguar, rezé a cuanto dios pude, rogando que la mecha encendiera. Un primer intento y nada, otro y lo mismo, hasta q la llama quiso salir y me invadió una gran felicidad. Ahí estuve unos, digamos, quince minutos, hasta que quise apagar el “cigarrillo” contra la pared. Me sorprendí al ver que había dejado píntado de negro una pequeña parte de la pared, por culpa de las cenizas. Mayor fue mi asombro cuando dirigí la mirada unos centímetros más arriba. Pude ver decenas de marcas de “cigarrillos” apagados, algo que me hizo pensar seriamente si ya no habían empezado mis alucinaciones…

CAPITULO II: “De la emoción de fumar sólo por primera vez”

Con una felicidad indescriptible que inundaba mi cuerpo, bajé hacia el sótano (o garage), recordando que tenía la llave para abrir la salida, de esta manera me evitaba cruzar al guardia botón que me hubiera mirado muy sospechosamente. Por lo tanto, inserté la llave y, cuando ya me propiciaba a salir del edificio, descubrí que la condenada llave sólo abría desde afuera, vaya suerte. Tomé valor y me apunté a subir las escaleras, tendría que enfrentarme a mi primer enemigo, él tenía una pistola y yo, sólo churro, una clara desventaja. Agarré mi magnífico aparato musical y me coloqué los auriculares, uno en cada oreja, como debe ser, con el objetivo de que el policía pensara que sólo estaba escuchando inocentemente una balada de los rolling stones. Fui como una ráfaga a través de la planta baja y saqué mis llaves lo más rápido que pude. Respiré aliviado al ver que había pasado sin ningún problema, y ya dejaba atrás ese portal inmenso que indicaba la entrada a mi edificio. Ya caminando feliz, sin rumbo, me propuse a tomar uno de esos coches grandes, que siempre tienen un recorrido fijo (los llamaremos colectivos, o bondis en su defecto). Cuando fui hacia la parada, observe que alguien venía siguiéndome, así que traté de eludirlo haciendole creer que iba a tomarme un bondi cuya parada estaba lejos. Cuando pude visualizar al colectivo que me llevaría a destino, me apresuré para hacerle señas de que era una persona con el propósito de incursionarme a través de su recorrido, pues era la unica forma de llegar a la gran fiesta de la noche. El bondi se detuvo silenciosamente y, como levantado por dos enormes pájaros, pude llegar hasta la máquina expendedora de boletos, para insertar un objeto redondo y brilloso, típico de estos lugares. Había perdido a mi perseguidor…

CAPITULO III: “Del Viaje Mágico y Misterioso”

Ahora comenzaba uno de los momentos más extraños de toda mi aventura. Me senté sólo, pues me sentía observado al divisar a lo lejos un grupo de hombres, tal vez piratas, tal vez góticos, ninguno me ofrecía garantías a mi propia vida. Miraba por la ventana y mis pensamientos se fundían en los carteles, empecé a pensar en lo mal que la pasaba uno de estos grandes coches, que tienen que llevar a miles de pasajeros por día, sin un día de descanso, algo inhumano. Eso me bajoneó mucho, pero seguí al ritmo de los Beatles y su Viaje Mágico y Misterioso, que me invitaba hacia un mundo lleno de fantasías y colores. No sé por qué, pero aquella canción me recordaba al Autobús Mágico. Era extraño perderme en mis pensamientos, pues volvía a la realidad drásticamente con el miedo de no poder bajarme en el lugar indicado, a esas horas de la noche y con semejante paquete en mi morral cualquier sitio era peligroso. Hasta que pude divisar un gran complejo que me parecía muy familiar. Efectivamente, era uno de los tantos cines que abundan por la zona, por lo que me decidí a avisarle al conductor que mi destino ahí había terminado. Me bajé desconcertado y sin ninguna idea de dónde estaba parado. La gente pasaba como si nada y yo tardaba en reaccionar, hasta que me decidí ir a preguntarle a un kioskero por dónde tenía que caminar para llegar a la calle Congreso. Al estar cara a cara con el hombre, las únicas palabras que me salieron fueron para pedirle un paquete de chicles, verdes por cierto, e irme en busca de mi propio destino, no sin oir que cuando me iba unos chicos con pinta de patovicas le pedían “sedas”. El kioskero les advirtió que no vendía aquel tipo de elementos, tan preciados por el hombre y tan desvalorizados por algunos, pero que podían conseguirlo en un almacen que no se encontraba a más de doscientos metros. “Puedo darles las mías”, pensé, pero otra voz en mi interior me decía “Churro, churro, churro”, así que no dudé y me dirigí a la casa de mi amiga, sin saber lo que me esperaba allí…

 CAPITULO IV: “De mi llegada tan esperada”

Toqué el timbre y me fue a abrir el señor A. Contento, le relaté toda mi aventura hasta el momento mientras subíamos las escaleras, algo rápido para contárselas, y le ofrecí degustar mi segundo canuto en el momento. Él, muy cauto, me dijo que no, que esperásemos a los demás miembros de la organización. Confiando en él, guarde mi tesoro en mi morral y nos fuimos al salón principal. La primer mala noticia fue que no había música, a excepción de Nestor en Bloque y otra banda de cumbia muy conocida. El señor A y yo nos propusimos a modificar la iluminación y la disposición de los muebles, con el fin de hacer más acogible nuestra estadía. Con las luces apuntando al sillón, la escena daba muestra de un claro espectáculo teatral, que relataba en mi interior toda una grande y compleja historia. La gente comenzó a llegar, saludé a varios colegas por cierto, y yo me adentraba cada vez más a un mundo en donde la felicidad era primordial y no se podía salir. Las mujeres estaban concentrándose alrrededor de una gran esfera de cristal, llena de espejos, lo que me hizo pensar que participaban de algún rito satánico, eso me asustó de verdad. Cayó la cumplañera y todos fueron a recibirla con besos y abrazos, el señor A y yo nos impacientábamos y no veíamos la hora de ir a fumar…

CAPITULO V: “De cómo fueron llegando todos y la aparición del arma de destrucción masiva”

Ya todos reunidos, concluímos en que teníamos que animar la fiesta de algún modo. Sólo nos podría salvar el elixir de la juventud perdida, el nectar de los mortales, la fuente de pureza. Entonces empezó la discusión, “que diez cervezas es mucho”, “que una por persona es una barbaridad”, “que el gancia es terma con alcohol”, yo no entendía demasiado, pues proponía multiplicar todos los números por tres, estaba dispuesto a sacrificar el poco dinero que llevaba en mis bolsillos por un poco de descontrol sano. El señor A, junto a la dueña de casa, se dirigieron a llamar a los hombres que traerían nuestro pedido. Yo sabía que algo andaba mal, pues cada comentario que hacía, una mujerzuela (llamada Jazchu) salía al cruze derribando todo lo que decía. Así comenzó una cruenta batalla, entre aquella chica y yo, que me veía influenciado por otro señor, que etiquetaremos con el sobrenombre de Plums. Plums parecía salido de una heladería, cosa que me hizo confundir aún más, no le encontraba la relación a nada y me senté en el sillón a tomar un respiro. Mientras esperábamos, los chicos y yo decidimos cumplir con el cometido de la noche. El señor La Bufanda de Bivachi se instaló en la cocina y empezó a utilizar aquella planta que yo tan cariñosamente había cortado en pequeñísimos trocitos. Este tipo estaba medio loco, pues cuando me quise dar cuenta, había armado un cañón y quedaba muy poquito para uno más. Entonces me decidí a advertirle que estaba sobrepasando los límites, que estaba construyendo un arma de destrucción masiva, y que tenía que ser muy cauteloso, pues estaba en mis planes fumar dos canutos más. Lo hecho, hecho estaba, por lo que no se pudo dar vuelta atrás y en pocos minutos nos dispusimos a bajar hacia el balcón. No sabíamos que en la puerta nos esperaba una gran bestia, con una cruenta sed asesina que no nos dejaba pasar, era él o nosotros, ninguno podía salir ganando. Entonces apareció la dueña y, dejándonos en ridículo, pudo controlar a la bestia en pocos segundos, por lo que bajamos felices hacia el jardín…

 CAPITULO VI: “De la experiencia del jardín con flores de celofán”

Fue una gran experiencia. La Bufanda de Bivachi se adjudicó el honor de prender el “cigarrillo” y nadie le objetó, al fin y al cabo él lo había armado. Empezamos a utilizar un método comunmente llamado “carioca”, donde sólo vale dar una pitada y luego se debe pasar el canuto rápidamente, un juego donde la adrenalina cobra un pepel importante. De a poco, muy de a poquito, nuestro “cigarrillo” iba desapareciendo por completo, llevándonos hasta las locuras más extremas. La bestia nos miraba detenidamente, y a veces hacía sonar su canto agudo, que era muy molesto para nosotros. Tanto lo era que una señora que vivía vaya a saber uno dónde (pues yo no la pude ver y pensé que era mi conciencia la que me hablaba) salió a su balcón para comunicarnos el cese inmediato de los ladridos, pues su querido bebé no podía conciliar el sueño. Terminamos de fumar y los chicos subieron, sólo quedamos el señor A y yo, relatandonos profundas experiencias. En un momento vimos una puerta que conducía a una gran sala, muy tenebrosa por cierto. La bestia era el guardián del lugar y cada vez que quisimos entrar se ponía delante para no dejarnos pasar. La primera vez que intenté abrir la puerta salió un bicho muy feo, y creí que era un murcielago, a lo que después reflexioné que tales bichos no pueden llegar a ser tan pequeños. Al rato llego la señora K, con una pócima de ensueño entre sus manos (llamémosle Fernet). Nos quedamos un rato hablando con esta hilarante señorita, hasta que la dueña de casa nos obligó a subir. Ahora empezaba la peor parte de toda la noche…

CAPITULO VII: “Del principio del fin”

Ya arriba, me encontré con la grata sorpresa de que todo el alcohol ya había llegado, eso me levantó el ánimo, aunque yo quería seguir fumando. Entre la variedad de bebidas en la que nos encontrábamos, empecé probando un par de cervezas y un rico destornillador, pero era muy fuerte para mi persona y me decidí por algo más suave. Pude divisar una botella abandonada de un vino espumante, con un suave toque de durazno, muy rico por cierto. Me adueñé de la botella y todos nos sentamos en ronda para entablar una conversación. La Jazchu fue la más perjudicada, pues en un momento sintió herido su orgullo y se retiró a la cocina, por lo que la señorita K fue a acompañarla. Yo me sentía el culpable de tal atrevimiento y fui directo a ofrecer mis sinceras disculpas. Con todo encima, con mi “cerveza” y mis “cigarrillos”, empecé a imaginarme dentro de un gran barco, cuyo capitan era yo y mi tripulación bebía tranquila como lo hacen todos los marineros. Regresé al gran salón y ahí todos empezamos a reirnos y a seguir tomando. No recuerdo cuando fue, pero en un momento el vino espumante se acabó, consecuencia de haberlo compartido con otra chica, muy guapa por cierto. Todo lo que había pasado hasta el momento se me subió a la cabeza y, como en un flashback, estaba contemplándome a mi mismo en la escena de mi casa, en el bondi y durante el tiempo que estuve en el jardín. Sentía mis pies mojados y fue ahí cuando mi nectar me jugó en contra y se apoderó de mi. Corrí como pude hacia el cuarto de baño, sabía cómo iba a terminar todo, y no lo podía evitar…

CAPITULO VIII: “Del triste final de una gran noche”

Me sentía muy mal, me encontraba tirado en el suelo del baño sin entender lo que me decían. De pronto aparecieron como fantasmas personas que hasta el momento no habían estado con nosotros, la casa se llenaba de gente y yo cada vez estaba más y más preocupado. No podía abrir los ojos, sólo me guiaba por mi oido. Escuché a la dueña de casa preocupada, a mi amiga Martina y a la otra, Delfina, que me tiraban agua y me cuidaban. En el momento menos adecuado, mis compañeras me avisaron que tenía que desalojar las instalaciones. Me pararon entre cuatro y yo, tambaleándome, use las pocas fuerzas que tenía para llegar hasta la salida. Me vi en un estado deplorable, y me lo reprochaba a mi mismo, pues sabía que iba a terminar así. A pesar de todo, seguía contento, por lo que en unos minutos ya viajaba en taxi con mis amigas. El automóvil me dejó en la puerta de mi edificio, y yo entregué todo el dinero que llevaba encima, algo de lo que después me arrepentí. Sólo me quedaba un último obstaculo, me iba a ver nuevamente cara a cara con el condenado guardia de seguridad que tanto temor me daba. Presurosamente, agarré las llaves y entré lo más rápido que pude. Para mi alivio, el hombre no se encontraba en ese momento y pude pasar tranquilo. Subí a mi habitación y me desplomé como un gigante en un gran campo lleno de verde, con la suavidad del pasto rozando todo mi cuerpo, entonces di un gran suspiro y, de repente, me quedé profundamente dormido…

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1 comentario so far
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Comentario por cfhs




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