La Octava F.C.


Transición by La Octava
abril 13, 2007, 2:05 am
Filed under: Historias

Transición 

Era una fría mañana de un miércoles de Febrero, Tito se despertó de repente, aturdido, y se dio cuenta de que se encontraba lejos de casa…

* * *

Roberto, como le decía su madre, trabajaba en la oficina de correos. Era un hombre simple. Todos los días se levantaba por la mañana, se cepillaba los dientes, desayunaba cereales con leche y se iba a trabajar. Además vivía solo. Nunca se había comprometido, aunque había tenido un par de amoríos en su juventud. El martes se había despertado con un gran ánimo. “Hoy va a ser un gran día”, pensó, y siguió con su rutina habitual. Llegó a la oficina de correos y se sorprendió al ver la cantidad de correspondencia que había llegado la noche anterior. Él vivía en un pueblo pequeño y nunca había tenido tanto para entregar, todos los días se encargaba de cinco o seis paquetes, muy poco trabajo para una sola persona. Los peores días eran las vísperas de navidad y de año nuevo, cuando todo el mundo envíaba tarjetas de felicitación entre sí. Roberto no vaciló y se colgó la mochila al hombre, dispuesto a marcharse de allí para no volver hasta el atardecer. Apenas hubo salido del local, una horrible sensación recorrió todo su cuerpo. El miedo y el terror corrían por sus venas. Sentía que se asfixiaba, que alguien lo ahorcaba, entonces se desplomó y cayo al suelo, golpeándose fuertemente la cabeza contra el piso. Al cabo de unos minutos pudo recuperarse y se dirigió a tomar el autobús.

Tito subió al coche y, al tomarse del pasamanos, algo lo paralizó. Sus ojos se clavaron en la mirada del conductor, una mirada fría y amenazadora, que le helaba la sangre, o al menos esa era la impresión que le había dado. Parecía que la locura tomaba posesión de su mente. Temblando, depositó las monedas en la máquina expendedora y fue hacia el fondo del colectivo. Sólo había tres pasajeros: una jóven pareja y un hombre cuyo rostro se mostraba cansado, con signos de vejez, el cual yacía dormido en dos asientos contiguos, sosteniendo una botella de whisky. A Roberto no le extrañaba que hubiese tan poca gente, pues nadie se despertaba a las siete de la mañana para ir a trabajar, excepto él.

Tito tenía un hábito, muy malo por cierto. Él revisaba la correspondencia ajena. Le gustaban sobre todo los paquetes más grandes, tan bien envueltos y tan llenos de cosas que, al mover la caja, hacían una especie de sonajero que le daba nostalgia. Siempre se fijaba en el tipo de sobre que envolvía la carta, así trataba de descubrir quién la había escrito (Roberto conocía bien el tipo de letra y el papel que usaba cada habitante de la pequeña ciudad), y casi siempre acertaba. Pero algo le decía que aquel no iba a ser un día normal. Buscando en su mochila encontró una carta distinta. Era lisa y completamente negra, y despedía un hedor horrible que le hizo acordar a un antiguo cementerio, donde sólo se respiraba olor a muerte. Aunque algo le decía que no debía abrirla, su curiosidad era inmensa. Buscó una navaja de entre sus bolsillos y, lentamente, fue abriendo la extraña carta. De pronto, una sensación indescriptible lo paralizó. Otra vez ese sentimiento aterrador que lo dejaba inmóvil, que inundaba su cuerpo, y tal vez su alma. Se ahogaba, sentía que alguien invisible trataba de ahorcarlo, de acabar con su vida. Trató de moverse, no podía. Levantó su cabeza y entonces lo vio. El chofer se acercaba, lentamente, hacia donde él se encontraba, sosteniendo un objeto que Tito no podía vislumbrar. En ese momento sus ojos se sumieron en una profunda oscuridad.

Horas después Roberto despertó. Pensaba que todo lo que había pasado  había sido un sueño, hasta que se dio cuenta de que se encontraba en un extraño lugar. Era un viejo caserón, con las paredes deshechas y con el suelo muy maltratado. El sol del atardecer asomaba desde un gran ventanal junto a la cama donde Tito descansaba, desde donde se podía obtener una vista panorámica de toda la ciudad. De repente se abrió una puerta y Roberto pudo divisar una pequeña silueta. Frente a él se encontraba una anciana, vestida con una túnica blanca, tan pura como la nieve. Tenía la voz ronca y muy débil, pero, con esfuerzo, el cartero pudo oírla claramente:
-El sol de la mañana ilumina a los caídos. La oscuridad se lleva los cuerpos, los asfixia. La desesperación nos acecha, la noche va dejando paso al día. La locura inunda la vida, la soledad invade la mente. Van siguiendo su destino.

Roberto se sintió amenazado ante tales palabras. No entendía qué era lo que estaba pasando, y cada vez que lo pensaba, el miedo lo invadía más y más. “¿estaré volviéndome loco?”, se preguntaba, “¿es ésta la hora de partir?”. Pero por más que buscaba no encontraba respuesta alguna. Se paró como pudo y, con una gran fuerza de voluntad, se dirigió hacia la entrada. Le llamó la atención no haber hallado nuevamente a la anciana, parecía que la tierra se la había tragado. Se sintió mal al no poder agradecerle toda la ayuda que le había brindado. Finalmente, cargó su bolso y apuró su salida, ya era de noche y faltaban muchas cartas por entregar todavía.

La luz de la luna iluminaba la pequeña ciudad, un aire sombrío podía sentirse en las calles de piedra. Una de las cosas que más asustaba a Roberto era la noche: “La noche “, decía su abuela, “es propiedad de los difuntos. Allí donde se acaba la vida y el silencio se apodera de la tierra”. Ella le contaba siempre antiguos cuentos de terror que hacían que Tito se asustara mucho. La idea de salir solo por la noche lo aterraba. El autobús ya había terminado su último servicio, tendría que volver caminando hasta su casa. De pronto recordó la extraña carta que tanto lo había inquietado por la mañana. Abrió su mochila y sintió nuevamente ese olor a desesperación, ese olor a muerte. Su corazón latía a un ritmo abrupto, cada vez más rápido y más fuerte. Se sentía solo, muy solo, casi abandonado a merced de la oscura noche. Se dio cuenta de que lo estaban siguiendo, entonces, apuró el paso. Cada vez retumbaban más y más las pisadas de aquel individuo en su cabeza. No podía aguantar más, se estaba volviendo loco. Sin vacilar se dio media vuelta. El ruido cesó, y ante su mirada horrorizada la oscuridad inundaba las calles. Su sangre se heló. Sintió un frío aliento recorrer su cuerpo, el aliento de alguien respirándole en la nuca. No podía darse la vuelta, sabía que allí estaba esperándolo alguien, o algo… Su dedos temblorosos lentamente abrieron la carta que tenía entre sus manos. El terror y la desesperación invadieron su cuerpo. En ese momento lo vio. Tenía el rostro pálido, cansado, y llevaba en la mano una botella de whisky.

***

Era miércoles por la mañana y la policía se encontraba revisando la casa de Roberto. En su contestadora había un mensaje, era del día anterior. El oficial se lo indicó al detective e hizo andar la máquina, la cinta empezó a correr: “Hola Rober. Te habla tu madre. Ya es muy tarde, casi medianoche. Los de la oficina me avisaron que hoy no fuiste a trabajar, ya es la décima vez que trato de ubicarte pero no contestás. Dijeron que tenían un montón de trabajo y que necesitaban urgente tu ayuda. Estoy preocupada, de verdad. Espero tu llamado, te quiero. Mamá.”

-Disculpe inspector, hayamos entre sus cosas esto –dijo el oficial sosteniendo un sobre negro.
-¿Estaba vacío cuando lo encontraron?
-Si, señor. Completamente.

El inspector colocó la carta sobre la mesa. La luz de la vela iluminaba claramente el frente del sobre. Se podía leer bien claro, en unas letras escritas en rojo, como si fuera sangre, que decía “Roberto”.

***

“Por fin llegaste. Espero que el viaje no te haya resultado demasiado cansador. Pero, en fin, eso le pasa a todos”, dijo la voz ronca, débil, de una anciana, vestida de blanco, pura como la nieve.

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3 comentarios so far
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POR FAVOR!!!!!!!!!!!! eso es literatura, que q el bichito del buen escribir se metio dentro del cerebrito de nuestro amigo maty y le dejo huevito q estan dando sus frutos. FELICITACIONES. Muy bueno.

Comentario por Tito

Muy bueno, Brito.

Comentario por Fortu

Realmente no lo entendi mucho, pero me parece que ya se por donde viene la cosa che. Por suerte conozco al autor y le puedo preguntar

Comentario por Tomas




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