La Octava F.C.


El Señor Smith by La Octava
septiembre 23, 2007, 10:46 pm
Filed under: Historias

Este es un nuevo cuento mío (Brito). Me gustó más que el anterior, “Transición”, así que se los dejo para que lo lean.

El señor Smith

 

En el instante en que Smith se disponía a romper los huevos con los que prepararía su almuerzo, la puerta de su casa se abrió. Preocupado, decidió ir a investigar de quién se trataba. Por otra parte, le resultaba sospechoso que alguien tuviera las llaves de su hogar. Desde hacía un tiempo, Smith había tenido un accidente mientras viajaba en auto en donde habían muerto su esposa y su hija. La policía reportó que el accidente se había producido a causa de una pérdida en el depósito de combustible; lo único que Smith podía recordar era el grito desesperado de su esposa, luchando contra las llamas, haciendo un esfuerzo por quitarse el cinturón de seguridad, que la mantenía unida al asiento. La terrorífica escena había marcado la vida del pobre hombre. Sus padres habían muerto, no tenía hermanos y su relación con los familiares de su difunta esposa era pésima. Sólo se tenía a sí mismo, y a un dolor que jamás desaparecería.

Sosteniendo con fuerza una figura de mármol que había hallado sobre la mesa del comedor, fue acercándose con gran cautela a la entrada. Hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie; el solo hecho de saber que tras unos pasos vería otro ser humano lo exaltaba.

La puerta estaba abierta; afuera podía verse la calle principal. Smith vivía en un barrido de alta residencia, pues conseguía una buena remuneración por su trabajo de gerente en un banco. La brisa movía las copas de los árboles y las hojas se mecían al compás del viento, que marcaba el ritmo de la entrada primavera. Afuera, los pájaros jugaban, iluminados por el sol, que dominaba el cielo.

De pronto, un hombre de gran estatura y aspecto fornido irrumpió en el salón. Entró cargando un mueble pesado, de roble, que a Smith le hizo acordar a un antiguo armario que había pertenecido a su abuela. El hombre se apresuró a dejarlo sobre la pared, sin darse cuenta de que Smith se encontraba apoyado en ese mismo lugar. Sin embargo, los años de servicio militar le habían proporcionado una buena condición física, por lo que pudo esquivarlo. Enojado, se dispuso a recriminar al hombre corpulento. ¿Por qué había entrado a su casa de ese modo? ¿cuál era la razón de su atrevimiento? Pero su intención cesó cuando una mujer entró a su hogar.

Tenía el pelo rubio, con pequeñas ondulaciones, que se mecía con la brisa que entraba del exterior. Sus ojos irradiaban ternura; eran del color del cielo, o tal vez más hermosos. De buena figura, la mujer entró con un aire de grandeza a la residencia. Smith quedó perplejo ante su belleza. Pero en el fondo, algo le disgustaba. Sentía como si tuviera una fuerte presión en el pecho, aunque sólo fue por unos momentos. Olvidándose de que todavía permanecía allí aquel hombre que había atentado contra él, buscó las palabras para presentarse ante la nueva visita. Sin embargo, nada pudo decir.

– Esta bien. Sólo deje las cosas aquí, yo me encargaré de ponerlas en su lugar. Además, no son muchas –dijo con una voz suave, la muchacha rubia-. Es una casa grande y creo que podríamos vivir muy bien, –y enseguida gritó:- ¡Victoria!

Una pequeña niña de nueve años entró corriendo al salón. Smith vio que ella también era rubia, aunque no llevaba esa mirada tan cautivadora. Pensó además, que el pelo recogido le quitaba algo de belleza, pero pudo sentir, al ver su rostro, que estaba muy feliz. La pequeña abrazó a su madre, la miró a los ojos y le dijo:

– Mami, esta casa es enorme. El jardín es bellísimo y el aroma de las flores me encanta, ¿nos vamos a mudar acá?

– Ay, Victoria, ¿no ves que ya estamos desempacando?

Smith quedó absorto; ¿qué es lo que estaba pasando? ¿los que en un primer momento habían sido visitantes inesperados, eran ahora nuevos inquilinos? No lo podía entender. Trató de pedir explicaciones, pero la imagen de la niña con su madre le hacía recordar su gran pérdida. Las palabras no salieron de su lengua; sus miembros se lo impidieron. No supo por qué, pero cuando se dio cuenta se estaba marchando hacia su cuarto, pensando que todo lo que había pasado no era más que un sueño, no más real que su propia vida. Por ahora, lo único que necesitaba era un gran descanso; al final lo hallaría.

La mañana siguiente despertó a Smith con un sol radiante. Había dormido durante mucho tiempo, y sus miembros se habían desacostumbrado al movimiento. Salió de su cuarto y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Se sirvió un café y preparó unas tostadas, recogiendo luego un periódico que estaba sobre la mesa. Mientras leía, pudo observar que aquella mujer que tanto lo había intrigado el día anterior, estaba entrando a la cocina. La muchacha prendió el fuego y puso a calentar agua para un té. A Smith le extrañaba el hecho de que la joven no notara su presencia. Aunque deseara hablarle, algo adentro suyo lo detenía. ¿Quién era aquella intrusa, que se había apropiado de su casa y que lo ignoraba completamente? ¿por qué una desconocida le provocaba un sin fin de sensaciones distintas? De algo estaba seguro; esta farsa se acabaría cuando le hablara frente a frente, cuando le exigiera alguna explicación por su conducta.

Finalmente, se decidió. Echó la silla para atrás y, de un salto, se puso de pie. Con una inusual fuerza, murmuró apenas palabras. Pero cuando se recompuso, pudo observar que la muchacha ya se estaba marchando. Quiso detenerla, pero un agudo dolor lo paralizó. Su corazón lo detuvo; el sufrimiento era intenso. Recordó nuevamente a su esposa; la recordó viva. Su rostro, casi angelical, se entretejía de finas hebras de oro, que se soltaban hasta más allá del cuerpo, y sus labios, suaves como el algodón, estaban pintados de rojo. Ella gritaba; sentía un terrible dolor. A Smith se le helaba el corazón; el horrible alarido entraba a su cuerpo, recorría sus venas y se instalaba en su interior, para no abandonarlo nunca más. Cerró los ojos y, lentamente, aquella escena se fue perdiendo, diluyéndose entre otros pensamientos como la sangre se pierde en una noche de lluvia, escondiéndose en lo más profundo de su ser.

Por la tarde, Smith decidió que necesitaba meditar sobre lo ocurrido; un poco de tranquilidad le vendría bien. Salió al jardín y se sentó bajo la sombra de un ciprés. No sabía cuándo había comenzado a tomar este hábito, pero lo cierto era que siempre que necesitaba un momento en el cual descansar, iba a reflexionar bajo el ciprés. Su agradable aroma le brindaba un ambiente armonioso donde se sentía a gusto. Por otra parte, le intrigaba el hecho de no poder acordarse cuándo lo había plantado. Tal vez lo hubiese hecho su difunta esposa; él no lo sabía. De todos modos, no recordaba haberlo visto hasta después del accidente. ¿Cuándo había sido eso?, tampoco podía recordarlo. Se acostó mirando hacia el cielo, y la suavidad del pasto que rozaba sus mejillas fue adormeciéndolo poco a poco.

“Smith abrió los ojos y pudo darse cuenta de que se encontraba lejos de casa. Yacía tendido sobre la arena. Al ponerse de pie pudo divisar un extenso mar que se perdía en el horizonte; el sol del atardecer brindaba un hermoso paisaje. Smith vio a una pequeña niña sentada sobre la orilla. Se acercó y, manteniendo cuidado, se sentó junto a ella. La miró; ella hizo lo mismo. De inmediato la reconoció. Era la hija de aquella mujer que había usurpado su hogar. Pero había algo diferente; sus ojos atraían los pensamientos de Smith, lo cautivaban. Finalmente, empezó a hablar.”

“Te llamas Victoria, ¿no es así?”

“La niñita ni se inmutó. Dirigió su mirada al mar; luego al sol; miró hacia el cielo.”

“Mi madre solía decirme que hay dos tipos de personas: quienes sufren en vida y aquellos cuya vida se torna un sufrimiento. Ella decía que los primeros eran los más fuertes. Ellos viven con el dolor, pero siempre logran superarlo, y de este modo se fortalecen. Nunca es fácil librarse de un gran sufrimiento, pero es necesario que aquellas cosas que nos producen dolor nos pasen, pues la vida misma nos lleva continuamente a situaciones intensas. Fortaleciéndonos, aprendemos a sentir el dolor, a convivir con él, a comprenderlo; así evitamos que se apodere de nosotros. Pues la vida es lo único que nos pertenece. Podemos perderlo todo; sin embargo, la decisión de vivir o morir estará siempre en nuestras manos. Aunque el dolor nos persiga, debemos encontrarnos a nosotros mismos; sentirlo es sentir que existimos; sentirlo es vivir. Pero los otros, aquellos que sufren viviendo, han resignado ese don que recibimos al nacer. El dolor los consume, se apodera de ellos. Vuelven siempre al mismo punto y su vida se va degradando rápidamente. Cuando se dan cuenta ya es tarde. El sufrimiento los controla, los hace vacilar, los lleva a la locura. Pero, a diferencia de mi madre, yo creo que nunca es tarde para cambiar el rumbo de las cosas.”

“La niña miró por un momento a Smith y luego arrojó una piedra al mar.”

“¿No es hermoso el cielo? Mi madre siempre me contaba la historia de cierto joven que quiso llegar a tocar el sol con las manos. Decía que para ello había construido un par de alas, compuestas de las más hermosas plumas. Pero su deseo de llegar hasta el paraíso lo había traicionado. Terminó cayendo y hundiéndose, como una simple piedra, en el mar. ¿Por qué no puede ir uno al cielo cuando lo desea? Mi madre decía que cada persona tiene un destino escrito. A veces uno llega antes de lo que pensaba; otras veces, uno llega más tarde. A veces nos pasa como a Ícaro, caemos antes de llegar.”

“¿Quieres saber mi nombre? No soy Victoria, pero eso no importa. ¿Quién eres tú? ¿puedes recordarlo?”

“La pequeña se puso de pie y puso sus manos en alto. Se dio la vuelta y empezó a caminar, saltando al ritmo de las olas, mientras Smith yacía tendido en la arena, repitiéndose una y otra vez la misma pregunta: ¿quién era él?

De repente, se despertó; ya había caído la noche. Se sentía más tranquilo; la suavidad del pasto lo acompañaba. Un fuerte olor que provenía de su casa lo distrajo. Se compuso y giró la cabeza; lo que vio le produjo escalofríos: enormes llamaradas invadían su habitación. El fuego pronto consumiría su hogar y, con ello, la única posesión que a Smith le quedaba.

Tenía que tomar una decisión. Las llamas saldrían de su cuarto y se instalarían en el resto de los dormitorios. Podría intentar un acto heroico tratando de apagar el fuego. Entonces, entró rápidamente por la cocina y caminó por el pasillo hasta la puerta de su habitación. Cuando se disponía a girar el picaporte, algo lo detuvo. ¿Habría alguien adentro? Y si lo había, ¿qué podía hacer él para socorrerlo? La sola idea de enfrentarse al fuego lo aterraba; a su cabeza volvían las imágenes de aquel espantoso accidente. Finalmente, la puerta se abrió. Un espeso humo negro invadió toda la casa. Adentro, todo ardía; pero no había nadie. Luego, Smith entró.

Sabía que había llegado el final. Había comprendido que ya era inútil seguir viviendo. Su fuego interior se apagaría de una vez por todas. Con convicción, caminó lentamente hacia las llamas. Las lágrimas rozaban sus mejillas y caían, como gotas de lluvia, al suelo. Las brazas lo rodearon; llenaron cada rincón de su cuerpo. Pero Smith se sintió helado. Las llamas lo tocaban, pero él nada sentía. De pronto recordó.

“Su esposa gritaba con espanto. No podía librarse de sus ataduras; él la miraba, inmóvil. Cerró los ojos y los volvió a abrir. La escena había cambiado. Podía ver claramente que no era su esposa quien luchaba contra las llamas, quien, con un grito desolador, rogaba por su vida. Se vio luchando contra el tiempo; las llamas se acercaban más y más. Al volante, su esposa yacía muerta; atrás, su hijita también.”

En ese momento Smith comprendió que él también estaba muerto.

***

            – Mami, ¿cuál es ese árbol tan grande que está en el jardín?

            – Es un ciprés, mi niña.  Mi madre solía decirme que luego de que tu abuelo muriera, ella le llevaba siempre algunas ramitas a la tumba. Me contaba que era el árbol de la inmortalidad; pero también representaba la muerte y el dolor. Ella afirmaba que poniéndole ramitas, su alma iba a perdurar por siempre. Pero, ¿sabés algo Victoria?, yo no creo que las cosas sean eternas. Tarde o temprano nosotros vamos al cielo. ¿Te he contado la historia del joven Icaro?

            – No, mami. Cuéntamela por favor.

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1 comentario so far
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Hola gran historia . felicito al autor

Comentario por nico




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